jueves, 26 de abril de 2007

dios , libre y esclavo por un instante


Acerco su mano a mi rostro, me acariciaba mientras se acercaba mas y mas, entrelazamos nuestros labios y jugamos a querernos y ya no entrábamos el uno en el otro si no que los dos entrábamos mas en nosotros mismos. Querer en el otro al mismo.

El olor a metal y sal del lugar ya se había desparecido, pero el ruido había aumentado y por alguna razón nos sentíamos escondidos en ese ruido, como si una cortina de chines de metales lijados y crujidos de maquinas nos cubriera del tiempo, de los lugares, del hombre en su mas adentrado ser. De esto más que de cualquier otra cosa, queríamos olvidarnos de que éramos hombres, cuerpos, razón. Quizás por eso se cierra los ojos al besar, porque se es demasiado no humano como para creer que se puede ver. Las caricias se convirtieron en contemplaciones fuera de los espacios y todo en un ritmo, la boca, las manos, el corazón. Analicé una noche después, entre melopeas arrulladoras y sus pies fríos recostados en los míos, que esa es quizás la voz de dios y no ese ruido trompetoso que tanto le adjudica la Biblia.

En las noches nos convertíamos en energúmenos, nos reíamos en el amanecer y planeábamos con códigos labiales, mensajes visuales y panfletos en braille la muerte de nuestros humanos que se creaban en el día. En la fábrica nos miraban, siempre pendientes, farfullando, aunque como lobos, nos escondíamos y escapábamos de sus ojos. Nunca nos importo su crítica, pero disfrutábamos viendo como ellos envidiaban nuestros escondites y nos miraban cada vez que deveníamos en silencio, para ellos.

1 comentario:

Achu dijo...

hermosas palabras y dichosa la persona que pueda vivir contigo tan hermoso encuentro.